El corazon el musculo impreciso el espiritu el pensamiento mas prufundo el alma el deseo mas grande y el recuerdo el pesar mas intenso /// ce mi oscuridad y yo cere la luz ce mi sol y yo la luna ce mis tinieblas y yo el lucero yo dare mi cuerpo y tu seras las alas la cortada mas profunda y sangrante que he tenido sucedio cuando me besabas y fue que al abrir mis ojos tu me veias fijamente
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sábado, 28 de mayo de 2011

koRRidas de toRos ni fiEzta ni kulTura zolo toRtuRa

¿Que es una corrida de Toros?
« El toreo es el último escollo de una humanidad sin civilizar »
S.E. el Cardenal Isidro Gomá y Tomás (1869-1940)


Los juegos taurinos fueron introducidos durante la colonia española en México y otros países americanos, donde en la actualidad, anualmente, miles de toros son atormentados lentamente y llevados a la muerte violenta para diversión del público taurino y el lucro de empresarios, criaderos, apoderados y patrocinadores de este vilísimo negocio. Se estima que al menos 40 000 toros mueren en manos de la industria de tauromaquia cada año en Europa, y la cifra se eleva a aproximadamente 250 000 en el mundo entero.
En España por ejemplo, a pesar de la firme condena general de los países de la Unión, todos los niveles del gobierno subvencionan las actividades en torno a las corridas; la cifra global del dinero de los contribuyentes dirigido a ese sector se estima en alrededor de 550 millones de euros. He aquí algunas cifras precisas y alarmantes referentes tan solo al mes de marzo de 2009: promoción de la tauromaquia por la Junta de Andalucía: 400 000 euros; Escuela de tauromaquia en la Comunidad de Madrid: 80 000 euros; Patronato de la tauromaquia en la diputación de Badajoz: 480 000 euros, etc.




En la esfera internacional, según el testimonio del presidente de la plataforma taurina de Venezuela, deseoso que la fiesta taurina sea declarada patrimonio cultural de la humanidad, el flujo económico anual de la fiesta brava europea ascendería a más [de] 600 millones de euros, sin incluir las actividades taurinas conexas que alcanzan más de 2000 millones de euros. En este lado de América, sólo en plazas de Venezuela, como Mérida, San Cristóbal, Valencia y Maracaibo se mueven en promedio de seis días por periplo taurino más de 200 millones de dólares al cambio oficial; estimando un tanto igual para Colombia, México, Perú y Ecuador. Un negocio substancioso como se puede apreciar, tanto en la cuestión del dinero que aporta - prácticamente todo proveniente del erario público - como de la sangre y el sufrimiento que cuesta.


Toro en estado natural

La mayoría de las corridas en Latinoamérica son organizadas durante el invierno europeo (entre septiembre y febrero), pero durante el resto del año innumerables animales son torturados y aniquilados en corridas tanto oficiales como oficiosas en diversas localidades, tanto plazas como ferias e incluso en las infames escuelas taurinas, creadas con el objetivo de que no desaparezca el arte, y donde los padres taurómacas inscriben a sus niños para que éstos aprendan a matar. Es un verdadero desastre que este tipo de padres inconscientes, incluso alentados por religiosos descarriados, juzgue esta enseñanza más apropiada para sus retoños que la predicada por hombres superiores y santos como Santo Tomás de Aquino, quien nos revela sin rodeos que: Quien está habituado a la piedad hacia los animales, está igualmente acostumbrado a la piedad hacia los hombres. Manifiestamente esto último es algo que a dichas personas nos les interesa más que lo primero.




Por desgracia, como en tantos otros campos en los que México se caracteriza y se reconoce internacionalmente por su brutal rezago social, en nuestro país se organizan muchos de estos eventos y, atrasados varias décadas en relación a países donde la enseñanza educativa y moral va de la mano con el respeto del entorno y la fauna, probablemente tengamos el triste honor de ser el país más taurino del mundo, no en afición, muy escasa, sino en lo que a cantidad de eventos de éste tipo se refiere.
De hecho, es triste decirlo pero numerosos matadores españoles se transladan durante el invierno a nuestros países para participar en estas masacres organizadas, dado que, en primera instancia, durante esta época del año no se llevan a cabo corridas en España.
Por otra parte son muchas las sedes españolas las que poco a poco cierran sus puertas ante la pobre asistencia y la hostil y creciente presión pública, obligando a estos sombríos personajes a buscar para alcanzar sus fines tierras más prometedoras, entre más subdesarrolladas mejor…


En efecto, las corridas de toros no son la imagen bucólica que se vende a los neófitos y a los turistas inocentes, deseosos de presenciar un cuadro folklórico y pintoresco, ciertamente rústico y de mal gusto, pero al menos, a su manera de ver en primera instancia, lleno de color y de un cierto

Al contrario, al entrar en la plaza, los asistentes de buen corazón pronto se dan cuenta de su crasa equivocación, al presenciar que una corrida no es otra cosa que el espectáculo abierto y obsceno de la tortura sangrienta, codificada, metódica y prolongada de un animal inerme, indefenso, y abandonado a su triste suerte entre las garras de una turba de verdugos ruines y ensañados que se pavonean y se libran con goce indescriptible a su feroz escabechina al son de Paquito el chocolatero, fúnebre paso doble que, en palabras del escritor Christian Laborde, es el Pajaritos a volar de los aficionados taurinos caídos en un doble transe, el éxtasis extraño que les prodiga el profuso derramamiento de la sangre combinado al flujo inagotable de la manzanilla, del vino, de la cerveza, del mosaico pletórico de brebajes espiritosos que embuchan con una avidez y una delectación que solo encuentran paralelo en las cantidades absorbidas, muy propias éstas para inundar de nueva cuenta el mítico establo de Augias.



Es en este marco tan particular que los cándidos asistentes de ocasión constatan, sin mucho tardar, que la llamada fiesta brava no es más que una técnica altamente sofisticada de tortura, comparable a las que se emplean con los humanos en ciertas circunstancias, capaz de transformar a una persona digna y entera en una piltrafa humana a la que se puede manejar como se quiera, pues el toro, contrariamente a las simplezas que cuentan los entusiastas de este tipo de prácticas, no es un objeto inanimado cuyo único fin sería satisfacer sus apetitos de recreación y placer personal, sino un mamífero superior, dotado de un sistema nervioso central; un ser altamente evolucionado y perfectamente capaz de sentir dolor, al mismo nivel y con la misma intensidad que nosotros. Esta verdad es tan dolorosamente evidente que ni siquiera la desarrollaremos en este espacio, pues el simple hecho de plantearlas supondría cuestionarlas, lo cual no ha lugar.




Las corridas están rodeadas de todo un aparato lexical y pseudo simbólico altamente rebuscado, pero como veremos enseguida, nada en este mísero espectáculo es genuino, sino tan solo la agonía indescriptible y la ignominiosa muerte del pobre individuo que se convierte en su víctima en turno.

Así pues, si usted no conoce estos espectáculos y quisiera saber más acerca de su desarrollo y naturaleza, le ahorraremos mucho dinero, vivas desazones y una profunda vergüenza relatándole enseguida todos sus pormenores.
Como complemento visual a nuestra exposición podrá usted visionar igualmente una serie de documentos, fotografías y videos captados en el lugar mismo, que ilustran con plena claridad y lujo de detalle lo que se argumenta a continuación, y ejemplifican gráficamente la apremiante urgencia de erradicar, o como lo decía más acertadamente el sacerdote y filósofo Juan Balmes (1810-1848), extirpar de nuestras sociedades y para siempre estas prácticas repugnantes y vergonzosas.


DESCRIPCIÓN Y REALIDAD DE LA CORRIDA
DE LA NECESIDAD DE SU INMEDIATA Y ABSOLUTA ERRADICACIÓN


COMIENZA LA FIESTA

«El bueno sabe que hasta los animales sufren, pero el malvado de nadie tiene compasión» Proverbios, 12:10.

EL ENCIERRO EN LA OSCURIDAD

Previamente al inicio de la corrida, el toro es encerrado en un cajón obscuro llamado chiquero, siniestro preámbulo que tiene el efecto de aterrorizarlo a través de diferentes procedimientos ilegales pero igual llevados a cabo de manera regular y ordenada.
Hay que saber que antes de ser transportados a dicho lugar, los toros han vivido toda su vida en campo abierto, rodeados por otros individuos en su medio natural, del que han sido arrancados repentinamente para ser encerrados en cajones de madera de menos de 2 metros cuadrados, donde no tienen ninguna posibilidad de moverse. En semana santa y verano, los camiones están sobrecalentados, y los animales, amontonados sin agua ni comida, pierden de 30 a 50 kilos durante el traslado; algunos de ellos son hallados muertos de asfixia al llegar al chiquero. Enseguida, serán sacados del camión con la misma delicadeza con la que fueron embarcados en él: a golpes de chorros de agua, de palos y tubos, patadas e injurias. Dato macabro: en Francia, los exámenes veterinarios revelan que la mitad de los toros masacrados en las corridas estaban gravemente enfermos. Por ejemplo,


implorante, un toro herido se acerca a uno de sus verdugos. Imagen tomada por el ex-aficionado y fotógrafo taurino Christian Sinibaldi, arrepentido después de presenciar esta dolorosa escena…


el representante taurino Kiko Matamoros, blandiendo un cuerno afeitado y que presentaba otras manipulaciones, recogido por él mismo en una arena de Benalmadena, afirma que el comportamiento del toro es además modificado por una serie de substancias, como los anabólicos, y cuenta que una vez vio un toro entrar en el ruedo con una jeringa todavía clavada en el lomo (escena mostrada por el veterinario José Mª Cruz en un video). ¡Sin comentarios! Enseguida declaró su pavor de un toro drogado, pudiendo ser más peligroso al desconocerse la reacción del mismo. Insensatamente, el matador Curro Matola abunda en la cuestión afirmando que tal cosa seria de locos porque como podría reaccionar un animal drogado, sería una incógnita el comportamiento de un toro en esas condiciones (sic); esto no es más que otra prueba más de que el pseudo arte taurino no es más que una técnica refinada de artificios y sistematismos calculados y preestablecidos, es decir una vulgar, metódica y repetitiva manufactura.




Así pues, para mantener su mito y convencer al público de la supuesta ferocidad del animal, los tauricidas se refieren al toro como una a una bestia brava y salvaje, cuando en realidad, como cualquiera que lo ha visto de cerca lo sabe, es al contrario un animal doméstico más bien manso y sociable por naturaleza, un gigantón gentil y bonachón que no tiene carácter fuerte y menos aun agresivo, salvo como cualquier animal, cuando se encuentra en estado de desafío territorial, y/o confrontado a la agresión (como prueba recordemos la anécdota del ya citado Curro Matola, quien frente a las cámaras acariciaba a un toro mientras decía con desenvoltura a un periodista: «Es uno de mis mejores amigos; se llama Temple, y lo crié con biberón. Nació aquí en casa». Matola hasta besa al toro, antes de añadir con orgullo ahora ha crecido, y es un toro bravo; no deja de ser un toro bravo, y pues entonces hay que llevar el cuidado lógicamente que se tiene que llevar con un animal de estos. Vuelve a acariciarlo, le coge ambos cuernos y se pone a jugar con ellos, balanceando la cabeza del plácido animal, ese mejor amigo que acabará sus días en un ruedo…).


En estas condiciones, 24 horas antes de entrar en la arena, el toro ha sido sometido a un encierro en las tinieblas para que al soltarlo la luz y el barullo de los espectadores lo aterren y trate de huir saltando las barreras, lo que produce la falsa imagen que se quiere dar del toro, es decir la de una bestia brutal y acometedora (durante un coloquio universitario en México, un especialista taurino, frente a una audiencia compuesta por veterinarios, zoólogos y etólogos, se atrevió a afirmar que el toro es un depredador...). Muy al contrario, por su naturaleza misma de bovino herbívoro, la tendencia natural del toro, evidentemente, es huir, no atacar.

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